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Sábado 09 de Febrero de 2008
 
 
 
   
 
  \"El lugar creativo da otra percepción de la realidad\"
 
 

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"Como primer trabajo encargué una naturaleza muerta. Había dos limones en un plato blanco junto a un libro de tapas verdes. Los participantes casi se sintieron ofendidos por tener que dibujar algo tan fácil. Hicieron el esbozo en seguida, con algunos trazos rápidos, luego me miraron desconcertados. (...) Sin mediar palabra, tomé los limones, los corté y les di un trozo para que se lo comiesen, con la siguiente observación: '¿Han reproducido en sus dibujos lo elemental del limón?' Me respondieron con una risa agridulce". Johannes Itten

Liliana Parodi no pinta el mundo tangible. Aunque ama apasionadamente a Claude Monet, quien dedicó su vida a retratar los breves fulgores del instante terrenal, ella se sumerge en inquietantes mundos interiores.

Podemos navegar en los colores, en las formas indescifrables de sus vivencias, en obras cautivantes que nos recuerdan que adentro, muy adentro, hay un universo a punto de nacer o de explotar como una nova.

A lo largo de siglos el arte visual transitó el recorrido desde el ritual mágico, ceremonial y comunitario a la vanidad feudal de la propiedad privada; mutó del buceo interior que aúna los espíritus, a la captura representativa de la realidad. Ese camino es el que Parodi intenta desandar cada vez que se enfrenta con sus pinturas en la unión de dos tradiciones.

 

La nada que abruma

Una jovencita de 16 años que no encontraba un rumbo, "abrumada por la nada", como se describe ella, emprendió el viaje de Entre Ríos a Buenos Aires en la búsqueda de romper un horizonte chato. De un pueblo con un solo colectivo que daba mil vueltas al amedrentador universo multilineal porteño, pleno de rostros y cuerpos ajenos, ruidos y movimientos inéditos.

Algo le dijo que su lugar estaba en la Facultad de Medicina, donde estudió tres años; llegó casualmente a un taller de dibujo, donde entre naturalezas muertas y dedos manchados de carbonilla, un profesor la impulsó a tomar por asalto el color.

Era el momento de la revelación del nuevo mundo cromático, y de las formas que nacían de sus pasteles se abrió un panorama que no terminaría nunca de expandirse. Algo le dijo que su lugar estaba colmado de colores y esta vez no se equivocaba...

Los primeros pasos convencidos los dio en el taller privado del profesor Juan López Taetzel, en el que comulgó con un grupo muy especial y fue una experiencia que marcó su valoración por el trabajo grupal.

Con el paso del tiempo y el convencimiento de ese camino, sólo restaba dar un un paso en dirección de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, donde se legalizaba e instituía el saber de las artes visuales.

"Recuerdo, como si fuera hoy, que López Taetzel me dijo que ingresara a la escuela pero que no olvidara de que yo era pintora", dice Liliana.

La escuela le dio multiplicidad de estímulos, técnicas y datos, pero Parodi encontraba más preguntas que respuestas. Aparecieron Carl Jung y la psicología profunda "y empecé a ver que había un lenguaje simbólico que tenía que ver con otro mundo, al

que yo recién me estaba asomando".

Así, entró en colisión con el sistema, empezó a sentir que el cosmos del arte tenía mucho que ver con la apertura de la percepción y no tanto con las reglas inconmovibles de los tecnicismos.

Enredada en la burocracia de una oficina del mundo inmobiliario -gracias a la que se mantenía-, luego de algunos amagues de abandono llegó al final de la meta y al definitivo adiós al yugo mercantil.

Al sur, al mar y al frío

A mil kilómetros, en las ciudades de Viedma y Patagones, tenía ofertas para dar clases ya que había mucho trabajo docente y recién se abría la Escuela de Arte Alcides Biagetti. Pero en Liliana pesaba la sensación de un pueblo sin horizontes, de retroceder en el tiempo y volver a la nada de la que había huido hacía diez años, de dejar atrás todo el mundo que había descubierto en Buenos Aires.

A pesar de estos temores, primó el hecho de que "desde el principio quise transmitir el proceso de descubrimiento de la pintura y el color; más que

el hecho de ser 'pintora', mi anhelo era aportarle a otros este crecimiento, que fue como encontrar agua en el desierto", explica Liliana.

"Y sobre todo me llamó el

hecho de poder trabajar con adolescentes ya que, si yo hubiera encontrado estos estímulos a esa edad, me hubiera ahorrado muchísimas angustias".

Como docente "yo crezco en las clases, me aportan muchísimo. Es en realidad un proceso de ida y vuelta, y disfruto el conectar con este lenguaje junto a otras personas, meterme en un mundo en el cual me nutro y que me aporta también para la pintura".

A fines de 1988, con destino hacia el sur, el mar y el frío, la nave iba.

Fuente de sanación

Desde el antiguo canon de las bellas artes, su sentido tiene que ver con la representación de un mundo exterior percibido, mientras que desde las tendencias ultramodernas las expresiones artísticas tienden sus brazos hacia la nada.

Para Parodi, en cambio, "el arte es una fuente de sanación"; "es una experiencia que sana realmente, que te lleva a conocerte, que va por un camino que sintoniza distintos planos internos a partir de una mirada que no tiene que ver con lo externo".

En la comarca, además de concretar el anhelo docente, tuvo un acercamiento con el arte de las culturas originarias: "Puntualmente, las pinturas de la Cueva de las Manos me movilizaron mucho, algo se abrió adentro al entrar en contacto con su cosmogonía, el arte colectivo y cotidiano, el arte que tenía que ver con la sanación o con propiciar el cambio de los acontecimientos".

Así, esa búsqueda por salir de la abrumadora nada de la adolescencia, esos pasos a tientas, tuvieron algunas respuestas, encontraron cauce en el encuentro con ese arte milenario.

"No puedo decir que sea una conocedora, porque estoy haciendo avances y acercamientos con mucho respeto y aún me queda muchísimo por recorrer; aunque sí siento que llegué a conectarme con la fuente interna de mi pintura, un lugar inagotable que existe en cada uno de nosotros, un lugar donde se encuentran respuestas, el equilibrio, y que ilumina y da luz a la conciencia. Lamentablemente, las cuestiones rutinarias nos van llevando hacia el afuera y no estamos en permanente contacto con ese lugar".

De la mano del encuentro interno "también me conecté con la aerografía, una técnica más afín a mí, que tiene que ver con el aire y el color y que es más inmediata que la lentitud de preparar un soporte y trabajar con óleo". Asimismo explica que, "por las pinturas de la Cueva de las Manos -realizadas a partir de algo tan cercano y propio como la mano-, empecé a ver los elementos más simples de mi entorno, con los que uno se conecta desde la cotidianeidad" y, a partir de ese quiebre, en sus cuadros empezó a utilizar vainas de chauchas, cáscaras de naranjas, ramas y hojas de plantas.

 

TEXTO: IGNACIO ARTOLA

FOTOS: MARCELO OCHOA

   
 
 
 
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